domingo, 20 de agosto de 2017

La cordillera, de Santiago Mitre



En El estudiante y en la remake de La Patota, Santiago Mitre mostró a personajes sin poder debatiéndose ante dilemas de orden político. En La cordillera, si bien lo político está presente, el factor de un sujeto con poder, el ejercicio de este y sus limitaciones, constituyen un planteamiento casi excluyente.    

Muchos descontaron en su momento que El estudiante (2011) iba a constituir una fórmula a repetirse. No era para menos, ya que fuera de toda solemnidad, pero de manera harto efectiva, Santiago Mitre logró contar en su primer largometraje las contradicciones de la política desde la órbita de la militancia universitaria. No obstante con la remake de La Patota (2015, basada en la realización de 1960 dirigida por Daniel Tinayre y guionada por Eduardo Borrás) volvió a sorprender positivamente dando un giro al guión compartido con Mariano Llinás en que la reacción de Paulina, el personaje interpretado por Dolores Fonzi, encontraba su apoyo para sobreponerse a la violación ya no en lo religioso, sino en sus fuertes convicciones políticas. 

Claramente si algo hay en común en La cordillera con sus dos predecesoras, es la mirada a lo político; pero en este caso, si bien la trama de la historia muestra a su personaje central debatiéndose en un maremágnum de presiones de la más alta escala, las contradicciones que exploraron los personajes de los anteriores trabajos del director han sido surfeadas con creces por Hernán Blanco (Ricardo Darín), presidente argentino recién asumido que asiste a una cumbre de jefes de Estado de Latinoamérica para tratar un acuerdo a instancias de erigir un consorcio petrolero interestatal en la región. Hernán Blanco ha llegado al poder presentándose como un hombre común: exintendente de Santa Rosa y exgobernador de La Pampa. No esperen alusiones -por lo menos explícitas- con presidentes de la actualidad o del pasado porque no los hay en absoluto. Gracias a su artífice y actual jefe de Gabinete (Gerardo Romano), la estrategia de marketing ha sido exitosa, pero este ardid se ha transformado en un arma de doble filo, ya que ahora Blanco es visto por la prensa y por vastos sectores de la política como un hombre débil ante el enorme desafío de gobernar una nación. Cuestión de poder: las primitivas contradicciones han sido superadas, pero las que aparecen ahora plantean no solo los dilemas de un sujeto teniendo a tiro de su propia decisión cuestiones de índole tan trascendente, sino también la pregunta de dónde está el verdadero poder, punto excluyente en la historia más allá de los elementos fantásticos, de thriller político y de sean cuales fueren sus derivaciones.  

Sumado al encuentro (que tiene lugar en un hotel de la cordillera chilena) y sus consabidas presiones, Blanco deberá lidiar con la figura del presidente de Brasil Oliveira Prete (Leonardo Franco) jugando como articulador del pacto y figura preeminente y eclipsante, con los intentos de su par mexicano para darle entrada a empresas norteamericanas de capital privado, y por si esto fuera poco, con la inesperada llegada de su hija Marina (Dolores Fonzi), personaje que acaso accidentalmente, constituya el eje sobre el cual entender la verdadera naturaleza de su padre: Marina llega al hotel en medio de una crisis psicológica, y las sesiones de hipnosis que le practicará un psiquiatra chileno, darán cuenta de ese inconsciente que acaso de ser revelado de manera efectiva, aporte por un lado pistas al espectador, pero por el otro un escollo extra en el derrotero del personaje interpretado por Darín.   

Se juega mucho en La cordillera con una de las fórmulas hitchcockianas de ir revelando en cuentagotas la resolución de la historia (Mariano Llinás vuelve a ser coguionista junto al director). Y tal vez la figura clave en este juego sea Claudia Klein (Elena Anaya, la chica de La piel que habito de Pedro Almodóvar), periodista española que indaga en el pasado de Blanco en dos entrevistas y logra hasta cierto punto penetrar en la psicología de un hombre que desde el vamos advierte como incógnita. Todo en realidad, desde ese punto, gira en torno a la psicología de Blanco, en torno a sus omisiones, en torno al peso de lo que se oculta invistiendo una gravedad mucho mayor a la de los hechos llanamente mostrados, y quizás sea su secretaria (Érica Rivas), dada su por cierto ambigua cercanía, quien más claramente entienda cual es la verdadera partida que el presidente argentino está librando en este oscuro enredo de pasados familiares, avatares del poder, denuncias de corrupción y enormes intereses económicos en pugna, sumado a un ingrediente sobrenatural clave (o no). Quedará esto librado a la resolución del film o a la interpretación del espectador.

Ricardo Darín es a esta altura de los acontecimientos nuestro everyman, y honestamente su actuación en La cordillera es una de las mejores de su carrera, dada la complejidad de tener que interpretar a un hombre que debe capear tantos frentes de conflicto al mismo tiempo, sumado esto a que lejos de apelar a un personaje verborrágico, se decidió optar por alguien que calla mucho más de lo que concede en sus diálogos, y quizás no sea este un rasgo de su promocionada simpleza de hombre común, sino (volviendo al tema del peso de la omisión en la trama) todo lo contrario. Tamaño desafío actoral sorteado con creces. 


domingo, 2 de julio de 2017

Un cuento de Enrique Wernicke


Se comparten un repaso de la vida y la obra (por cierto casi indivisibles) de Enrique Wernicke, y Don Lino, uno de sus cuentos de la selección Cuentos, de 1968

Si bien es cierto que todo listado o enumeración, aunque sean deliberados con el tiempo suficiente, conllevan una manifiesta arbitrariedad, un riesgo evidente, no es menos verdadero que quienes conozcan la obra de Enrique Wernicke (1915-1968), coincidirán en resaltar el hecho de que debería incluírselo en la larga lista de aquellos escritores a los que no se les ha brindado su merecida divulgación. En su relativamente corta vida, Wernicke ―además de ejercer múltiples oficios y vivir un tiempo en la bohemia de París― trabajó prácticamente todos los géneros literarios. También dejó un diario de mil cuatrocientas carillas que abarca desde marzo de 1936 a marzo de 1968, diario que consideraba su obra definitiva y al que tituló Melpómene. Jorge Asís en 1975 hizo una selección de veinte carillas del diario, que publicó la revista Crisis (Nº 29). Asimismo homenajeó el autor de Diario de la Argentina a Wernicke en esa suerte de pieza genial del hibridismo genérico vernáculo que es Cuaderno del acostado, nombrándolo como a un escritor a quien le hubiese gustado conocer personalmente. Guillermo Saccomanno, Gabriel Montergous y Osvaldo Gallone entre otros, coincidieron también en difundir y homenajear su obra.

Militante del Partido Comunista o del “partido”, como se le llamaba a ese espacio en esos tiempos, solitario empedernido, hombre de pocos pero fundamentales amigos, obsesivo de todo lo tocante con la muerte (esa muerte a veces deseada por sus personajes y por él mismo), aborrecedor atávico de toda clase de comedimiento, de convenciones sociales, inventor de personajes que atraviesan un presente en donde algún tipo de ausencia es acaso el haber más contundente de su realidad personal, todos estos rasgos suyos pueden rastrearse con mayor claridad a partir de los cuentos en que es abandonada la impronta fabulesca de los inicios (Función y muerte en el cine ABC y Hans Grillo, ambos publicados en 1940). Ya en los cuentos de El señor cisne (1947) van cobrando mayor relevancia sobre todo los temas del trabajo, de las economías precarias, del hombre llano, anónimo; y por su parte aparece también de un modo más persuasivo la naturaleza en contraposición a la escala humana, el agua de la inundación, como también la pequeñez del hombre ante la eventual virulencia del destino, precursores de sus dos novelas fundamentales: La ribera (1955) y El agua (1968).

Acaso en La ribera pueda rastrearse al Wernicke más puro y autobiográfico, en la vida de ese alter ego del autor, periodista de mediana edad, con tendencia al alcoholismo, reacio a vincularse con los círculos culturales de su tiempo, que opta por alejarse de casi todo (incluso de su esposa e hijo) para instalarse en una precaria casa a orillas del Río de la Plata, en el Gran Buenos Aires, y dedicarse a fabricar figuras de plomo, redescubriendo en esa nueva experiencia de vida el amor en el personaje de una empleada adolescente que trabaja en su taller. En esa novela y en El agua (genial retrato conjetural de la vejez que Wernicke no vivió, dado que murió a los 53 años) el río aparece como amenaza, como brazo fundamental del desastre e incluso la muerte, pero también como oxígeno existencial, como elemento redentor para algunos y aniquilador para otros, y es ahí donde el veredicto político se hace menos explícito y por ende más efectivo (la vida de los chicos de familias acomodadas de un colegio privado ―que no dista mucho de la casa en que vive el personaje principal de La ribera―, cotejada con la dura realidad de los pobladores ribereños).

Elvio Gandolfo, en su prólogo a los Cuentos completos (Ediciones Colihue, 2001) de Wernicke, declara que la fortaleza de su literatura, radica paradójicamente en los accesos de confianza, seguidos de una desesperante falta de fe en los que solía caer con frecuencia: “Imposible describir el entripado que me han provocado los cuentos. Estoy harto, aburrido, indignado de mis cuentos. Me parecen todos idiotas, afeminados y tontos. Sueño con hacer una literatura robusta.”, escribía Wernicke. Y escribe Gandolfo al respecto: “Una solidez conseguida paradójicamente a través de ese vaivén, esa vacilación que va desde la seguridad aplastante a la duda corrosiva sobre su propio valor, característica de tantos grandes escritores.”

Se editaron cinco selecciones de cuentos de Enrique Wernicke: Función y muerte en el cine ABC (1940), Hans Grillo (1940), El señor cisne (1947), Los que se van (1957) y Cuentos (1968, recopilación realizada por el propio autor y que incluye algunos trabajos inéditos hasta ese año). Pueden rastrearse en la actualidad (no sin cierta dificultad) agrupadas en la edición de Colihue Cuentos completos, como se dijo, prologada por Elvio E. Gandolfo. Si se observan de manera cronológica, sus cuentos tienden a volverse ―en su mayoría― cada vez más concisos, pero no menos efectivos, todo lo contrario, da la impresión de estar ante un narrador que trata de dar más consistencia argumental a medida que va omitiendo y dejando espacio, en ejercicio de una suerte de orientalismo rioplatense en el cual se opta por observar desde el margen, desde la “orilla”, acontecimientos a los cuales se les da su propio espacio de expresión, confiriéndoles una mínima estructura de significación. También se advierte un desplazamiento de los escenarios rurales a contextos urbanos, como el del cuento que se comparte, que pertenece a esa selección hecha por el escritor poco antes de fallecer.

Don Lino
   
   Llevaba cuarenta años en la empresa. Era el contador de confianza. Le decían Don Lino, y nadie recordaba que se llamaba Seferino Picapoti. Don Lino para aquí.
   Don Lino para allí.
   Murió su mujer, murió su único hijo en un accidente. Y Don Lino quedó solo, sirviendo a la empresa.
   ¿Qué pensaba? ¡No importa un carajo! ¿Qué sentía? ¡No importa otro carajo! ¿Qué vivía? ¡No importa mil carajos! La vida del país…
   Un día ―andando tanto las cosas― le entregaron un cuaderno negro y le pidieron que lo pusiera “al día”.
   Lo abrió en su casa, respetuoso, después de haber comido en el restaurante, lo estudió, lo estudió bien…
   Y en un ataque de locura, rompió el cuaderno, puteó a los dioses, lloró como un chico, y nunca más volvió a la empresa. Se emborrachó, lo agarró el cáncer, perdió sus ahorros en las carreras, fue a la ruleta, se dedicó a las putas…
   Camaradas: el detalle no tiene importancia.
   Don Lino vive en mi casa. Morirá conmigo.

sábado, 13 de mayo de 2017

A 30 años del estreno de Made in Argentina



El 14 de mayo de 1987 se estrenaba Made in Argentina, un film dirigido por Juan José Jusid con guión basado en Made in Lanús (obra teatral de Nelly Fernández Tiscornia) y protagonizado por Luis Brandoni, Marta Bianchi, Leonor Manso y Patricio Contreras. La película narra la historia de un matrimonio argentino (Osvaldo y Mabel) exiliado en Nueva York a raíz de la última y atroz dictadura que padeció la Argentina, que tras el retorno de la endeble democracia de los años alfonsinistas, visita el país por unos días. Y son esos días el breve pero intensísimo lapso de tiempo en que las luces y sombras de esa patria abandonada por la fuerza, emergen con la misma intensidad del pasado. Osvaldo y Mabel ya no son los mismos, él es un profesional respetado en Estados Unidos, y de la chica de Lanús poco queda, al menos en apariencia. Por su parte, El Negro (hermano de Mabel) y Yoli, su esposa, han permanecido en Argentina, no sin sufrir por cierto los avatares de esos años horrendos. Pero el disparador de los interesantes dilemas que plantea la historia, lo desencadenará una propuesta de trabajo de Mabel para su hermano, quien de aceptar, tendría que abandonar Lanús para instalarse en Nueva York con su mujer y su hija adolescente: ¿Hasta qué punto la identidad de un sujeto tiene que ver con el contexto cultural que habita? ¿Es posible seguir siendo quien uno eligió ser, viviendo en un país con una raigambre cultural tan diferente? ¿No sería una traición a las generaciones pasadas abandonar la tierra por la que tanto hicieron? ¿Vale la pena pagar el costo del anonimato, de la extranjería, en miras de un asegurado bienestar imposible de lograr en la tierra propia? Asimismo, se aborda en el personaje del profesor universitario encarnado por Jorge Rivera López, el dilema de los que se quedaron y no sufrieron las consecuencias de la cárcel, la tortura, el secuestro o la desaparición, considerados por muchos de sus antiguos pares políticos como colaboracionistas, "hombres de la dictadura" (tema este trabajado de manera encomiable en la literatura por Jorge Asís -en este caso en la figura de un periodista- sobre todo en sus Diario de la Argentina y Cuaderno del acostado). En el personaje de Osvaldo se densifican las heridas del hombre conminado al exilio, y ese Lanús, ligado a ese Buenos Aires con sus olores como cifra de un pasado extirpado a la fuerza, es mostrado como la verdadera tierra perdida de la infancia y la juventud, una tierra en principio irrecuperable, un pequeño paraíso perdido para quien supiera reconocerlo, el lugar en que Yoli, esa inesperada aliada, dado el supuesto abismo cultural que la separa de Osvaldo, se ha quedado cuidando las semillas que algún día tal vez habrán de germinar. Made in Argentina obtuvo entre otros premios el "Circulos Precolombinos" (1988) en el Festival de Cine de Bogotá, el "Roque Dalton" (1987) de Radio Habana Cuba y el "Air Canadá" (1987) a la película más popular en el Festival Internacional de Cine de Montreal.

PELÍCULA COMPLETA    
                

lunes, 20 de marzo de 2017

Elle: abuso y seducción, de Paul Verhoeven





En su primera película en habla francesa, el director de RoboCop y Bajos Instintos logra un tándem proverbial con Isabelle Huppert, actriz que llegó inesperadamente al proyecto tras el rechazo del papel de sus célebres y horrorizadas precursoras.

Cuatro fueron las actrices que rechazaron encarnar a Michèle Leblanc en el último trabajo de Paul Verhoeven basado en la novela Oh... de Philippe Djian, convertida en guion cinematográfico por David Birke. La nómina la integran Julianne Moore, Nicole Kidman, Diane Lane y Sharon Stone (quien trabajara previamente con el director holandés en Bajos Instintos y en Total Recall). Lejos de sentir desaire alguno por los intentos del realizador de seducir previamente a esas actrices más relacionadas con el cine de Hollywood, Isabelle Huppert se puso al hombro el dificilísimo desafío, y los resultados le valieron a ella una nominación al Oscar por "Mejor Actriz Protagónica" y a la película, un Globo de Oro al "Mejor Film Extranjero". Este derrotero con final feliz no fue el primer revés que Hollywood le propinó a Verhoeven. A raíz de la notoriedad que tuvo en 1977 El soldado de Orange, la Fox pensó en él para rodar la segunda parte (Episodio V) de La Guerra de las Galaxias. Pero un hilar más fino respecto de los antecedentes del director (quien cuenta en su formación académica con un doctorado en Física y otro en Matemáticas por la Universidad de Leiden), hizo desistir a los productores de encomendar el proyecto a alguien que ya había hecho en ese entonces de la provocación y la revulsividad, parte substancial de su forma de filmar. 

No sería exacto por su parte decir que Elle es una película sobre una mujer violada, si bien, la primera escena es la de una violación observada indiferentemente por el gato de la víctima (primera incursión de una ironía que sobrevuela de manera constante la historia). Pero debe aclararse de antemano, que se trata principalmente de una comedia, oscurísima, pero comedia al fin; y vista desde ese punto, acaso sea mucho más accesible la puerta de entrada al universo personal de Michèle, ejecutiva que araña sus cincuenta, empresaria de éxito en la industria de los videojuegos, con un pasado que a lo largo de la cinta irá develándose y explicando el porqué de las tan singulares reacciones del personaje ante los dilemas que la trama le va planteando. Lejos de recurrir a las autoridades, de llamar a alguno de sus familiares o amigos, a algún compañero de trabajo, la "víctima", tras la partida del atacante, limpia los restos del desastre y llama a un delibery para pedir sushi. Y con esta frialdad se la verá en los días subsiguientes a la violación en su relación con sus vecinos, con su exmarido, con su madre anciana a la que encuentra en su casa con un taxiboy (no dejando nunca de remarcarle el petetismo del affaire), en su vínculo con un hijo por el cual manifiesta no tener el más mínimo instinto maternal, en su reacción insípida ante el nacimiento de su nieto, en sus idas y venidas con sus amantes (de ambos sexos) y logrando reunir a toda esta fauna de personajes a festejar la navidad, aprovechando la ocasión, entre otras cosas, para hacer gala de su atávico anticlericalismo. No obstante se insiste con el pasado, sin ánimos de adelantar detalles, todo este despliegue de acciones y reacciones desconcertantes, irá encontrando su porqué a medida que pueda ir sopesándoselo con la vara de ese ayer lejano de la niñez, tan importante en la vida de Michèle Leblanc. 

Manifestó el director en una entrevista realizada por Philip Adams haberse visto en varios momentos del rodaje sorprendido por la compenetración de Huppert con el papel: "En una escena de violencia, en lugar de detenerse como estaba previsto ella siguió, de manera que en lugar de pedir corte yo dejé seguir, comprendiendo que teníamos la escena siguiente. Ella había integrado toda la escena en un plano-secuencia, como si un demonio hubiera tomado posesión de la película. Era como si el personaje le indicara hacer cosas que no estaban en el guión. Escenas que estaban en la película, pero en otro orden, o escritas distinto. Era como si ella misma tomara ciertas cosas de la película fuera de control, a través de su personaje, que funcionaba como un médium." Y muchos serán los desafíos que los días posteriores al ataque enfrentará este personaje -que lejos está de permitirnos concebirlo como una víctima-, ya que varias víctimas inesperadas irán anotando puntos en su prontuario, como si se tratase de uno de los videojuegos de la empresa cuyas riendas comanda. E incluso una de estas caídas, acaso la definitiva y capital del derrotero, podría interpretarse como el giro borgeano de la novela de Djian, obra que no ahorra causticidades en sus cuestionamientos a los tradicionalismos familiares, institucionales, sexuales y religiosos. Eviten la frustración de sentir que fueron a ver un thriller, un policial o una película cuya heroína se sobrepone al hecho de haber sido ultrajada en lo más íntimo de su identidad femenina. Vayan a ver una comedia, de eso se trata Elle primordialmente.   


   

domingo, 26 de febrero de 2017

Manchester junto al mar, de Kenneth Lonergan



Kenneth Lonergan retoma en Manchester junto al mar (en un formato bastante más arriesgado y coral), muchos de los temas de su bellísima ópera prima You can count on me.

No pocos son los puntos en común de la última película de Kenneth Lonergan con su escueta filmografía anterior. Pero si bien Margaret (2011) los tiene, los antecedentes más claros del film se encuentran en esa pequeña-gran gemita de 2000 (You can count on me) interpretada por Laura Linney y Mark Ruffalo: una familia sometida al cimbronazo de la muerte de uno o varios de sus integrantes, un tío con un pasado problemático teniendo que tutelar a un sobrino al que ya prácticamente no conoce, el pequeño pueblo como lugar de pertenencia (deseada o no), la música barroca (tema para nada menor el de la músicalización, ya que lo musical y el ritmo de narración en el cine de Lonergan son elementos sustanciales), el catolicismo con su ausencia de respuestas a preguntas elementales, el cementerio como lugar de refugio simbólico, el no poder seguir el rumbo que para los demás sería el correcto, y podría seguir haciéndose una lista de trazo más fino aun. Acá el rol del tío -que encarnara Ruffalo en You can count on me- cayó bajo la responsabilidad de Casey Affleck, quien acaso hasta el momento interpretó el más jugado, expuesto -y logrado- papel de su carera. Lee Chandler (Casey Affleck) trabaja en Boston como maestranza de edificios. Es relativamente joven todavía. Su contacto con el mundo, fuera de su empleo, no pasa de frecuentar bares con la propensión de participar de vez en cuando en alguna pelea adobada por el exceso de alcohol. Por algún motivo (que será revelado a cuentagotas), su interés en relacionarse con las mujeres ha desaparecido por completo. Pero la muerte no tan inesperada de su hermano Kyle (Joe Chandler), lo obliga a salir de su rutinario ostracismo, trasladarse al pequeño pueblo (escenario de un aciago pasado) y cumplir con el deseo de éste de tutelar a su hijo Patrick (Lucas Hedges). Siguiendo con la línea de su más clara predecesora, el abordaje de la íntima odisea que afrontan los personajes, está contado con procedimientos narrativos personalísimos. La película en ningún momento derrapa en el sermón de la positividad impuesta a un espectador con expectativas motivacionales, y los toques de comedia están dosificados de manera tan sutil que no cortan de forma abrupta con el sentido dramático de la trama. En el caso de Manchester..., el uso de los flashbacks es mucho más asiduo, pero ese recurso está tan genialmente trabajado, que uno los advierte como una parte del pasado tan incorporado al presente -sobre todo al presente de Lee- que hace pasar al tiempo a un segundo plano, poniendo a esa experiencia no superada del ayer a jugar en el ahora con la misma fuerza con que inflexionó al irrumpir en la vida del protagonista. Y ese es tal vez el tema más destacable de la historia (sin ánimos de spoilear): una declaración en favor del hecho de que ciertos dolores o heridas nunca caducan, sin cargarle el fardo a quien los padece, de la obligación de tener que superarlos en algún momento. Como en las dos precursoras que se citaron, el film lo cuenta a Lonergan como formidable guionista. Por último, se insiste con You can count on me, su trabajo más logrado hasta el momento para quien escribe, quizás por el hecho de plantearse allí el realizador una elegía mucho menos coral, sin los riesgos de perder el timón de la narración al plantear -como en este caso- muchas más aristas argumentales, afrontando el riesgo de dejar a veces de hacer pie en el desarrollo de algunos fragmentos de la película. Véanla si pueden antes de ir a ver Manchester..., trabajo que huelga decir que amerita con creces darse una vuelta por el cine. Las excelentes puestas en escena, las interpretaciones y la historia y el modo de contarla, sobradamente lo valen.



sábado, 14 de enero de 2017

Train to Busan, de Yeon Sang-ho


Experiencia visual intensa. Auténtica joya del género y del relato visual, la actual película de Yeon Sang-ho (su debut fuera del cine de animación) asusta, divierte y hace reflexionar sobre los aspectos morales más elementales de nuestra sociedad. 

La última entrega del realizador surcoreano Yeon Sang-ho -su primer realización rodada con actores, ya que proviene del cine de animación- retoma el tema de los zombies que había abordado en su predecesora Seoul Station. Verdadera maravilla del género en muchos sentidos, Train to Busan o Invasión Zombie, nombre bajo el cual se la proyecta en Argentina, no solo propone un viaje horroroso dentro de un tren infectado de zombies, sino también hace un homenaje al cine como artefacto narrativo, narra una historia de padre-hija integrantes de una familia disfuncional, y formula a la vez un despliegue de arquetipos humanos reaccionando de formas diversas ante una situación límite. Es difícil pensar en este film sin recordar Snowpiercer (2013), el otro viaje en tren propuesto por el también surcoreano Bong Joon-ho, que planteaba la extrapolación de una sociedad (distópica en ese caso) al ámbito reducido de un tren viajando en un círculo interminable, sociedad obviamente con mucho menos luces que sombras. Pero en esta ocasión la idea es más simple: un virus se ha propagado por el país y un zombie se cuela dentro de un tren que realiza el trayecto de Seoul a Busan, desencadenando todo topo de calamidades.

Tal vez de manera traída de los pelos se ha pretendido a veces abordar el género de zombies como una parábola social. Sin embargo, hay ejemplos que admiten de forma manifiesta dicha interpretación. Es claro que en 1968, cuando se estrenó La noche de los muertos vivientes, de George A. Romero, el relacionar la película con el clima de violencia y de muerte que se vivía en ese entonces a raíz de la Guerra de Vietnam, fue más que pertinente. Por su parte, en la remake de Dawn of the dead (2004) de Zack Snyder, los supuestamente “no infectados por el virus” se refugian en un centro comercial, emblema si los hay, no solo del consumismo, sino también de ese sentimiento de encontrarse en un ambiente en donde todo está controlado, escindidos de un afuera amenazador y en donde la garantía de bienestar estaría -en principio- garantizada. Y en la más reciente World War Z (2013), de Marc Forster, esa escena apocalíptica de la horda de zombies trepando ese enorme muro en Israel, habla por sí sola. En el caso de Train to Busan, es el mismo director quien admite la metáfora social, poniendo a jugar a personajes que se diferencian claramente entre los que apuestan por la salvación individual o por la colectiva, y no es casual que el padre que viaja con su hija sea un financista al que tal vez de manera demasiado obvia se le cargan todas las tintas de lo negativo que puede esperarse de un ser humano; esa obviedad y la redundancia innecesaria de algunos diálogos que huelgan, dados los rostros y las actitudes de los personajes que hablan de ellos por sí solos, son quizás los únicos puntos flacos que pueden encontrarse.

Puede asimismo hacerse un recorte más minucioso de los prototipos humanos mostrados en el viaje, ya que la historia aborda también -en una combinación de géneros que van desde la épica y el drama, pasando por el romance y hasta ciertos toques de comedia que descomprimen la sensación de asfixia- el tema de la vejez, el de una vida por venir con la consecuente esperanza que esto representaría, el del héroe desapegado de su suerte y dispuesto a jugarse por el prójimo, hasta la historia de amor de juventud de dos estudiantes de secundaria. Por eso se insiste en la idea de dispositivo puesto en función de divertir, hacer pensar y asustar, traccionado en base a elementos cinematográficos puros, enfocados casi netamente en lo visual. Quizás de manera implícita el director haya querido homenajear a Hitchcock en aquella comparación que hizo entre una película y un viaje en tren en una de sus conversaciones con Truffaut: "Para mí es evidente que las secuencias de una película nunca deben estancarse, sino avanzar siempre, exactamente como avanza un tren rueda tras rueda o, más exactamente todavía, como un tren «de cremallera» sube la vía de una montaña, engranaje tras engranaje." Y es así, engranaje tras engranaje, se nos invita a mirar por las ventanillas del tren, cómo dentro de ese contexto reducido se complementan una historia, una colección de semblanzas humanas y un guiño constante a la narración cinematográfica, apostando mucho más por lo visual que por los diálogos que por momentos (se insiste) uno siente que sobran, redundando sobre lo que los rostros y las acciones cuentan por sí mismos. Se cita un ejemplo: la escena de un ingente número de zombies encastrándose unos con otros, prendidos a la cola de la locomotora para frenarla, es una innegable y memorable proeza que incluso provoca algunos tímidos aplausos antes de que termine la película.     

Train to Busan lleva recaudados más de cien millones de dólares a escala mundial y se ha convertido en un tanque del negocio cinematográfico en su país, siendo vista allí por más de diez millones de personas (más del veinte por ciento de la población). 

Cabría preguntarse por último, a modo de apartado, a quiénes les caben las características del zombie en nuestra sociedad global. Queda claro que los dos rasgos más sobresalientes del zombie son el automatismo, el obrar sin razón e ir a por un objetivo primario, basal; y por el otro, el constituir una amenaza para los que pretenden vivir en un estado de “normalidad” no violentada por un factor desestabilizador. Si pensamos en una sociedad actual en la que los que no se han caído del bote (los normales) adoptan (o son llevados a adoptar) un automatismo que les impide advertir ese virus, ese submundo de exiliados incubándose; si pensamos en normales que miran pero no ven el riesgo de que esa realidad eclosione y se los lleve puestos en forma de delito, terrorismo, refugiados o las múltiples formas en las que puede expresarse un grupo humano barrido hacia la marginalidad, en ese caso, la idea del ser autómata, les cabría también a los no infectados (hablando de manera figurada) por el indeseable virus.


domingo, 18 de diciembre de 2016

Una nueva vida

Las anchas praderas juveniles se proyectaban,
en la ilusión óptica de la perspectiva,
como si se angostaran hasta acabar en un punto
a partir del cual el potro de la sangre
detendría para siempre su galope.

JUAN JOSÉ MANAUTA, en Charito,
“Cuentos para la dueña dolorida”

Siempre habían bastado esos días cristalinos de principio de otoño, para que algo parecido a la alegría algodonara el paso de sus horas. Ese año el mar, como casi siempre a mediados de abril, conservaba algo indefinible de su identidad veraniega, no obstante, una especie de corriente invisible que llega al lugar en esa época, de manera bastante regular, se iba alojando en la atmósfera del hasta hacía días estrepitoso pueblo, e instauraba el albor de una comparecencia que incluso podía olfatearse, junto al olor de la resina que desprendían los primeros fuegos, propagándose, durante algunas noches, ya frías.

A ella al fin le sobraba tiempo para leer. Su pequeño hotel de doce habitaciones, al fondo del cual se situaba su ahora modesta casa, permanecía cerrado desde la reciente Semana Santa, y no se reabriría hasta el fin de semana largo de octubre. Las cuentas estaban hechas y el dinero corriente prorrateado; incluso la temporada había posibilitado quedarse con una suma extra para las eventualidades que hubiese que afrontar durante el largo invierno. Todo esto volvía a formar parte de sus cavilaciones, una y otra vez, aunque deseaba ya no volver al repaso del buen balance que habían dejado esos meses, procurando abstraerse en la lectura.

Había comenzado el segundo movimiento de la sinfonía cuando consiguió enfocar su atención sobre la página de la novela, sin embargo, no logró más que fondear en la frase “–¡Eh! A ver esas empanadillas, que tengo un hambre canina.” Y lo que hasta ese instante no había sido motivo de alarma, sino más bien una mera y bastante frecuente comprobación, pasó ahora a serlo. Dante todavía no volvió, pensó, mientras veía sobre el piso del patio interno cómo los débiles rayos de luz de la tarde iban dando lugar a una sombra creciente; y sombra, tarde, noche, nociones que en otras circunstancias le proveían los ornamentos de una quimera a la que nunca había renunciado, en un tris se volvieron una amenaza.

Una mano trepidante hizo descender, totalmente, el volumen del andantino de la cuarta sinfonía de Tchaikovsky. Llamó a Ricardo y le preguntó si había visto al perro en algún momento del día: “No señora, hoy no lo vi. Anda medio vago el Dante últimamente. ¿Andará enamorado? No es época me parece. No se preocupe, debe andar dando vueltas por la playa, cazando gaviotas con sus amigotes. ¿Quiere que salga a buscarlo?” Ricardo era su única compañía durante ese largo período, desde que ella juzgó mal negocio reabrir el pequeño hotel en vacaciones de invierno. Si se evaluaba la cuestión sin parcialidades, veinte años de fidelidad a su empleo no eran poco. Habían llegado al acuerdo de que se le garantizaba el puesto de maestranza para la próxima temporada, en tanto Ricardo aceptase el albergue y las cuatro comidas del día como único pago por la ganga de esa época sin pasajeros: mantener ventiladas las habitaciones, barrer, reparar lo que en ese intervalo muy raramente se estropeaba. “Ricardo ya tiene sesenta y dos años mamá, tanto no puede pedírsele a alguien de su edad”, había sentenciado Marcelo hacía unos días, para terminar de súbito una conversación que, según su entender, se le había planteado ya demasiadas veces.    

Decidió salir ella misma a buscar a Dante. El polirrubro de don Sanguinetti (ubicado sobre la misma vereda y a tiro de piedra del hotel) era prácticamente el único abasto decente de mercadería que permanecía en el pueblo abierto todo el año. Todas las mañanas, Dante frotaba con su pata derecha la puerta de vidrio cerrada, a través de cuya pequeña ventana, Sanguinetti le entregaba el consabido alfajor de chocolate, ya desprovisto de su envoltura, manjar que pasaba sin intermediación de la mano del viejo comerciante a la boca del perro, quien proseguía festivo con su expedición matinal hacia los médanos y la playa. “Pasó esta mañana, como siempre señora, a eso de las nueve, a más tardar. Se comió el alfajor y se fue para el lado de la costa… No tiene dos años todavía, me decía Ricardo el otro día; no se preocupe, son cosas propias del perro cachorrón, después se vuelven más caseros. Si lo veo por acá se lo acerco.”

El sol todavía calentaba la parte oeste de los médanos. Pensó en sus setenta y tres años, en su fidelidad inapelable para con ese sitio que la había visto nacer en tiempos en que entre la estancia donde trabajaban sus padres y ese mar no mediaba pueblo alguno, pensó en lo fácil que aún le era sortear esa mole de arena en su camino hacia la playa. La brisa, que se encontraba ahora de lleno con su cara, mientras ella se encaramaba en la cima, era suave, y conservaba una tibieza que habría de perderse en las próximas semanas, conforme las pocas horas de un sol cada vez más débil permitiesen el enfriamiento del agua. Había sido en esa playa, casi cinco décadas atrás, donde Osvaldo la invitó por primera vez a navegar en el velero de un amigo de Buenos Aires que llegaba entonces por mar a ese pueblo en cierne, varias veces al año. Ella había manifestado en su primera conversación su sueño (obsesión secreta y de connotaciones que nunca llegó a decodificar) de experimentar la transición desde el gran río al océano en una pequeña embarcación. Y en el curso de sus años compartidos, repitieron tres veces ese ritual, en naves diferentes, peripecia de corte tan rutinario para los navegantes de esa zona de la Costa Atlántica, pero que para ellos extractaba una de las pocas ideas de sentido que los unieron por cuarenta y dos años, hasta la muerte de Osvaldo, de la cual se cumplirían siete el próximo invierno.

El muelle estaba despoblado. ¿Dónde estaría Marcelo? En ese tiempo, solía pasar las tardes en un pequeño despacho turístico (ocioso fuera del verano) que habían construido sobre esa gran estructura, orgullo de la región. El arquitecto Marcelo M., su único hijo, bendecido con la canonjía de vigilar las condiciones de ese portento y las de unos pocos edificios y espacios públicos de la ciudad cabecera y de los pueblos que se encontraban bajo su égida, no más que eso como única responsabilidad ante el municipio que lo empleaba. ¿A quién preguntarle ahora por Dante? ¿Existirían las fuerzas necesarias para volver a sortear, sin mediar descanso, la cúspide del médano e ir a esperar a casa? Juzgaba que sí, no era la ausencia de fuerzas el motivo actual de su mortificación. Pero ¿y si Dante estuviese ya con Ricardo? “Ese capricho de dejar el celular en casa mamá”, le había reprochado tantas veces Marcelo. Se sentó en un banco del muelle, mirando hacia el oeste. Los rayos, tibios, otoñales, todavía rebasaban la elevación de arena y llegaban a ella. Volvió a percatarse, otra vez, de que esas manos habían cambiado tanto en la última década; abrió sus palmas al sol mientras miraba el ir y venir del tenue oleaje por las hendijas de la baranda, la arena en las zapatillas, una arena todavía seca, si tenía Dante que ver con esa arena, el color de sus enormes patas que la disimulaba, hasta que los granos comenzaban a verse diseminados por toda la casa. Tan grande Dante para ese reducto en el que ella se había confinado, tras no resistir el vacío del enorme caserón que se había vendido a un precio risible, seis otoños atrás. “El Golden necesita espacio señora”, había aconsejado tiempo después el veterinario, “tiene que sacarlo o dejarlo salir cuando quiera, si no, se pone muy obeso, con las complicaciones que vienen aparejadas.”

Al fin apareció alguien en la playa, viniendo desde el sur hacia ella, seguido por dos perros negros, afanosos de un festín de carne, huesecitos crujientes, plumas y sangre caliente. Era Ian, el excéntrico neozelandés cuya hija se había ahogado hacía ya más de seis años al sur del muelle y cuya gargantilla no se encontró en el cuerpo cuando los rescatistas lograron sacarlo del mar. Los avezados en la dinámica de esas aguas, le habían explicado que solo un milagro, tras tanto tiempo, haría que el mar devolviese la alhaja de su hija, pero Ian había incluso deshecho su antigua vida en su país, abandonando a su mujer y sus dos hijas restantes, para comprar una vivienda enorme a un precio ridículo y consagrar su vida a caminar horas y horas por esa costa, esperando recobrar lo que consideraba que el mar, tarde o temprano, habría de devolverle. Ella pensó que sería insoportable sumar a ese momento de zozobra, la presencia y la redundante conversación de quien se acercaba junto a esos dos perros, negros, irritantemente desconocidos. ¿No era posible acaso que Dante volviese sin más, tras un día de vagar por quién sabe dónde? No, definitivamente ella no se contaminaría con penas ajenas, no se sumaría antes de tiempo, innecesariamente, a las filas de los que esperan ver reaparecer en el cielo extemporáneas estrellas. Se levantó y comenzó a caminar hacia el médano. Después de todo, a la tarde no le quedaba más de una hora, a lo sumo, hasta empezar a confundirse con la noche, barruntó. Saludó con su mano derecha a Ian, lento, lejano aún, y sobreactuó su prisa para evitar tener que comparecer ante su solicitud.

Ahora observaba desde unos treinta metros a Ricardo, barriendo la empecinada arena de la vereda, mientras volvía a preguntar a Sanguinetti por Dante: “No lo he visto todavía señora, ¿quiere que le diga a Rita que saque el auto y la lleve a dar una recorrida a ver si tienen suerte?” Nunca había sido tan descortés. Hizo un gesto disuasorio a su vecino, sin hablarle. Rita Negroni de Sanguinetti y ella, mantenían aún chispeante la lumbre de un antagonismo de décadas, desde que el joven e impulsivo Osvaldo M. renunció a la mística declinante de Caballito y llegó a la zona en busca de una utopía de aguas infinitas, bosques arcanos y brisa del este; Sanguinetti y casi todos en el pueblo lo sabían. Volvió a mirar, inanimada, a su empleando barriendo, en lo que ella había comenzado a juzgar desde hacía un tiempo la más evidente y poco sutil argucia de Ricardo para justificar su estadía en un lugar que evidentemente no requería de su presencia, más de dos, tres horas a la semana. Siempre arreglándoselas para enfilar por lo llano. Tres años más hasta cumplir la edad de jubilarse, pensó. Lo hacía varias veces al día. Se miraron, desde esos treinta metros, y de dicho acto ella conjeturó la mala noticia de que Dante no estaba en casa. ¿Cómo soportar ahora, si Dante no volviese, los comentarios de Ricardo, tan proclive él a evocar a muertos y desaparecidos en sus estúpidas remembranzas? Lo hacía permanentemente con la hija de Ian, de hecho, era el principal admirador y escucha del neozelandés en el pueblo; lo hacía de manera enfadosa con el recuerdo de Osvaldo, echando mano a un libreto que podía replicarse mentalmente al unísono, de tan remanido, como los diálogos de esas películas que ella amaba rever.

Volvió a caminar por la calle de arena, hacia el médano que había sorteado hacía unos minutos. Especuló con que entre Ian y ella, seguramente existía ya una prudente distancia. La noche, sin moratoria, le iba ganando la pulseada a la luz, y mientras pensaba que le quedaban pocos instantes de claridad para planificar una nueva vida, vio al gringo, errante junto a tres perros, apareciendo en la cima del médano, caminando hacia donde el cielo retenía la porción más resistente de la tarde.