sábado, 14 de enero de 2017

Train to Busan, de Yeon Sang-ho


Experiencia visual intensa. Auténtica joya del género y del relato visual, la actual película de Yeon Sang-ho (su debut fuera del cine de animación) asusta, divierte y hace reflexionar sobre los aspectos morales más elementales de nuestra sociedad. 

La última entrega del realizador surcoreano Yeon Sang-ho -su primer realización rodada con actores, ya que proviene del cine de animación- retoma el tema de los zombies que había abordado en su predecesora Seoul Station. Verdadera maravilla del género en muchos sentidos, Train to Busan o Invasión Zombie, nombre bajo el cual se la proyecta en Argentina, no solo propone un viaje horroroso dentro de un tren infectado de zombies, sino también hace un homenaje al cine como artefacto narrativo, narra una historia de padre-hija integrantes de una familia disfuncional, y formula a la vez un despliegue de arquetipos humanos reaccionando de formas diversas ante una situación límite. Es difícil pensar en este film sin recordar Snowpiercer (2013), el otro viaje en tren propuesto por el también surcoreano Bong Joon-ho, que planteaba la extrapolación de una sociedad (distópica en ese caso) al ámbito reducido de un tren viajando en un círculo interminable, sociedad obviamente con mucho menos luces que sombras. Pero en esta ocasión la idea es más simple: un virus se ha propagado por el país y un zombie se cuela dentro de un tren que realiza el trayecto de Seoul a Busan, desencadenando todo topo de calamidades.

Tal vez de manera traída de los pelos se ha pretendido a veces abordar el género de zombies como una parábola social. Sin embargo, hay ejemplos que admiten de forma manifiesta dicha interpretación. Es claro que en 1968, cuando se estrenó La noche de los muertos vivientes, de George A. Romero, el relacionar la película con el clima de violencia y de muerte que se vivía en ese entonces a raíz de la Guerra de Vietnam, fue más que pertinente. Por su parte, en la remake de Dawn of the dead (2004) de Zack Snyder, los supuestamente “no infectados por el virus” se refugian en un centro comercial, emblema si los hay, no solo del consumismo, sino también de ese sentimiento de encontrarse en un ambiente en donde todo está controlado, escindidos de un afuera amenazador y en donde la garantía de bienestar estaría -en principio- garantizada. Y en la más reciente World War Z (2013), de Marc Forster, esa escena apocalíptica de la horda de zombies trepando ese enorme muro en Israel, habla por sí sola. En el caso de Train to Busan, es el mismo director quien admite la metáfora social, poniendo a jugar a personajes que se diferencian claramente entre los que apuestan por la salvación individual o por la colectiva, y no es casual que el padre que viaja con su hija sea un financista al que tal vez de manera demasiado obvia se le cargan todas las tintas de lo negativo que puede esperarse de un ser humano; esa obviedad y la redundancia innecesaria de algunos diálogos que huelgan, dados los rostros y las actitudes de los personajes que hablan de ellos por sí solos, son quizás los únicos puntos flacos que pueden encontrarse.

Puede asimismo hacerse un recorte más minucioso de los prototipos humanos mostrados en el viaje, ya que la historia aborda también -en una combinación de géneros que van desde la épica y el drama, pasando por el romance y hasta ciertos toques de comedia que descomprimen la sensación de asfixia- el tema de la vejez, el de una vida por venir con la consecuente esperanza que esto representaría, el del héroe desapegado de su suerte y dispuesto a jugarse por el prójimo, hasta la historia de amor de juventud de dos estudiantes de secundaria. Por eso se insiste en la idea de dispositivo puesto en función de divertir, hacer pensar y asustar, traccionado en base a elementos cinematográficos puros, enfocados casi netamente en lo visual. Quizás de manera implícita el director haya querido homenajear a Hitchcock en aquella comparación que hizo entre una película y un viaje en tren en una de sus conversaciones con Truffaut: "Para mí es evidente que las secuencias de una película nunca deben estancarse, sino avanzar siempre, exactamente como avanza un tren rueda tras rueda o, más exactamente todavía, como un tren «de cremallera» sube la vía de una montaña, engranaje tras engranaje." Y es así, engranaje tras engranaje, se nos invita a mirar por las ventanillas del tren, cómo dentro de ese contexto reducido se complementan una historia, una colección de semblanzas humanas y un guiño constante a la narración cinematográfica, apostando mucho más por lo visual que por los diálogos que por momentos (se insiste) uno siente que sobran, redundando sobre lo que los rostros y las acciones cuentan por sí mismos. Se cita un ejemplo: la escena de un ingente número de zombies encastrándose unos con otros, prendidos a la cola de la locomotora para frenarla, es una innegable y memorable proeza que incluso provoca algunos tímidos aplausos antes de que termine la película.     

Train to Busan lleva recaudados más de cien millones de dólares a escala mundial y se ha convertido en un tanque del negocio cinematográfico en su país, siendo vista allí por más de diez millones de personas (más del veinte por ciento de la población). 

Cabría preguntarse por último, a modo de apartado, a quiénes les caben las características del zombie en nuestra sociedad global. Queda claro que los dos rasgos más sobresalientes del zombie son el automatismo, el obrar sin razón e ir a por un objetivo primario, basal; y por el otro, el constituir una amenaza para los que pretenden vivir en un estado de “normalidad” no violentada por un factor desestabilizador. Si pensamos en una sociedad actual en la que los que no se han caído del bote (los normales) adoptan (o son llevados a adoptar) un automatismo que les impide advertir ese virus, ese submundo de exiliados incubándose; si pensamos en normales que miran pero no ven el riesgo de que esa realidad eclosione y se los lleve puestos en forma de delito, terrorismo, refugiados o las múltiples formas en las que puede expresarse un grupo humano barrido hacia la marginalidad, en ese caso, la idea del ser autómata, les cabría también a los no infectados (hablando de manera figurada) por el indeseable virus.


domingo, 18 de diciembre de 2016

Una nueva vida

Las anchas praderas juveniles se proyectaban,
en la ilusión óptica de la perspectiva,
como si se angostaran hasta acabar en un punto
a partir del cual el potro de la sangre
detendría para siempre su galope.

JUAN JOSÉ MANAUTA, en Charito,
“Cuentos para la dueña dolorida”

Siempre habían bastado esos días cristalinos de principio de otoño, para que algo parecido a la alegría algodonara el paso de sus horas. Ese año el mar, como casi siempre a mediados de abril, conservaba algo indefinible de su identidad veraniega, no obstante, una especie de corriente invisible que llega al lugar en esa época, de manera bastante regular, se iba alojando en la atmósfera del hasta hacía días estrepitoso pueblo, e instauraba el albor de una comparecencia que incluso podía olfatearse, junto al olor de la resina que desprendían los primeros fuegos, propagándose, durante algunas noches, ya frías.

A ella al fin le sobraba tiempo para leer. Su pequeño hotel de doce habitaciones, al fondo del cual se situaba su ahora modesta casa, permanecía cerrado desde la reciente Semana Santa, y no se reabriría hasta el fin de semana largo de octubre. Las cuentas estaban hechas y el dinero corriente prorrateado; incluso la temporada había posibilitado quedarse con una suma extra para las eventualidades que hubiese que afrontar durante el largo invierno. Todo esto volvía a formar parte de sus cavilaciones, una y otra vez, aunque deseaba ya no volver al repaso del buen balance que habían dejado esos meses, procurando abstraerse en la lectura.

Había comenzado el segundo movimiento de la sinfonía cuando consiguió enfocar su atención sobre la página de la novela, sin embargo, no logró más que fondear en la frase “–¡Eh! A ver esas empanadillas, que tengo un hambre canina.” Y lo que hasta ese instante no había sido motivo de alarma, sino más bien una mera y bastante frecuente comprobación, pasó ahora a serlo. Dante todavía no volvió, pensó, mientras veía sobre el piso del patio interno cómo los débiles rayos de luz de la tarde iban dando lugar a una sombra creciente; y sombra, tarde, noche, nociones que en otras circunstancias le proveían los ornamentos de una quimera a la que nunca había renunciado, en un tris se volvieron una amenaza.

Una mano trepidante hizo descender, totalmente, el volumen del andantino de la cuarta sinfonía de Tchaikovsky. Llamó a Ricardo y le preguntó si había visto al perro en algún momento del día: “No señora, hoy no lo vi. Anda medio vago el Dante últimamente. ¿Andará enamorado? No es época me parece. No se preocupe, debe andar dando vueltas por la playa, cazando gaviotas con sus amigotes. ¿Quiere que salga a buscarlo?” Ricardo era su única compañía durante ese largo período, desde que ella juzgó mal negocio reabrir el pequeño hotel en vacaciones de invierno. Si se evaluaba la cuestión sin parcialidades, veinte años de fidelidad a su empleo no eran poco. Habían llegado al acuerdo de que se le garantizaba el puesto de maestranza para la próxima temporada, en tanto Ricardo aceptase el albergue y las cuatro comidas del día como único pago por la ganga de esa época sin pasajeros: mantener ventiladas las habitaciones, barrer, reparar lo que en ese intervalo muy raramente se estropeaba. “Ricardo ya tiene sesenta y dos años mamá, tanto no puede pedírsele a alguien de su edad”, había sentenciado Marcelo hacía unos días, para terminar de súbito una conversación que, según su entender, se le había planteado ya demasiadas veces.    

Decidió salir ella misma a buscar a Dante. El polirrubro de don Sanguinetti (ubicado sobre la misma vereda y a tiro de piedra del hotel) era prácticamente el único abasto decente de mercadería que permanecía en el pueblo abierto todo el año. Todas las mañanas, Dante frotaba con su pata derecha la puerta de vidrio cerrada, a través de cuya pequeña ventana, Sanguinetti le entregaba el consabido alfajor de chocolate, ya desprovisto de su envoltura, manjar que pasaba sin intermediación de la mano del viejo comerciante a la boca del perro, quien proseguía festivo con su expedición matinal hacia los médanos y la playa. “Pasó esta mañana, como siempre señora, a eso de las nueve, a más tardar. Se comió el alfajor y se fue para el lado de la costa… No tiene dos años todavía, me decía Ricardo el otro día; no se preocupe, son cosas propias del perro cachorrón, después se vuelven más caseros. Si lo veo por acá se lo acerco.”

El sol todavía calentaba la parte oeste de los médanos. Pensó en sus setenta y tres años, en su fidelidad inapelable para con ese sitio que la había visto nacer en tiempos en que entre la estancia donde trabajaban sus padres y ese mar no mediaba pueblo alguno, pensó en lo fácil que aún le era sortear esa mole de arena en su camino hacia la playa. La brisa, que se encontraba ahora de lleno con su cara, mientras ella se encaramaba en la cima, era suave, y conservaba una tibieza que habría de perderse en las próximas semanas, conforme las pocas horas de un sol cada vez más débil permitiesen el enfriamiento del agua. Había sido en esa playa, casi cinco décadas atrás, donde Osvaldo la invitó por primera vez a navegar en el velero de un amigo de Buenos Aires que llegaba entonces por mar a ese pueblo en cierne, varias veces al año. Ella había manifestado en su primera conversación su sueño (obsesión secreta y de connotaciones que nunca llegó a decodificar) de experimentar la transición desde el gran río al océano en una pequeña embarcación. Y en el curso de sus años compartidos, repitieron tres veces ese ritual, en naves diferentes, peripecia de corte tan rutinario para los navegantes de esa zona de la Costa Atlántica, pero que para ellos extractaba una de las pocas ideas de sentido que los unieron por cuarenta y dos años, hasta la muerte de Osvaldo, de la cual se cumplirían siete el próximo invierno.

El muelle estaba despoblado. ¿Dónde estaría Marcelo? En ese tiempo, solía pasar las tardes en un pequeño despacho turístico (ocioso fuera del verano) que habían construido sobre esa gran estructura, orgullo de la región. El arquitecto Marcelo M., su único hijo, bendecido con la canonjía de vigilar las condiciones de ese portento y las de unos pocos edificios y espacios públicos de la ciudad cabecera y de los pueblos que se encontraban bajo su égida, no más que eso como única responsabilidad ante el municipio que lo empleaba. ¿A quién preguntarle ahora por Dante? ¿Existirían las fuerzas necesarias para volver a sortear, sin mediar descanso, la cúspide del médano e ir a esperar a casa? Juzgaba que sí, no era la ausencia de fuerzas el motivo actual de su mortificación. Pero ¿y si Dante estuviese ya con Ricardo? “Ese capricho de dejar el celular en casa mamá”, le había reprochado tantas veces Marcelo. Se sentó en un banco del muelle, mirando hacia el oeste. Los rayos, tibios, otoñales, todavía rebasaban la elevación de arena y llegaban a ella. Volvió a percatarse, otra vez, de que esas manos habían cambiado tanto en la última década; abrió sus palmas al sol mientras miraba el ir y venir del tenue oleaje por las hendijas de la baranda, la arena en las zapatillas, una arena todavía seca, si tenía Dante que ver con esa arena, el color de sus enormes patas que la disimulaba, hasta que los granos comenzaban a verse diseminados por toda la casa. Tan grande Dante para ese reducto en el que ella se había confinado, tras no resistir el vacío del enorme caserón que se había vendido a un precio risible, seis otoños atrás. “El Golden necesita espacio señora”, había aconsejado tiempo después el veterinario, “tiene que sacarlo o dejarlo salir cuando quiera, si no, se pone muy obeso, con las complicaciones que vienen aparejadas.”

Al fin apareció alguien en la playa, viniendo desde el sur hacia ella, seguido por dos perros negros, afanosos de un festín de carne, huesecitos crujientes, plumas y sangre caliente. Era Ian, el excéntrico neozelandés cuya hija se había ahogado hacía ya más de seis años al sur del muelle y cuya gargantilla no se encontró en el cuerpo cuando los rescatistas lograron sacarlo del mar. Los avezados en la dinámica de esas aguas, le habían explicado que solo un milagro, tras tanto tiempo, haría que el mar devolviese la alhaja de su hija, pero Ian había incluso deshecho su antigua vida en su país, abandonando a su mujer y sus dos hijas restantes, para comprar una vivienda enorme a un precio ridículo y consagrar su vida a caminar horas y horas por esa costa, esperando recobrar lo que consideraba que el mar, tarde o temprano, habría de devolverle. Ella pensó que sería insoportable sumar a ese momento de zozobra, la presencia y la redundante conversación de quien se acercaba junto a esos dos perros, negros, irritantemente desconocidos. ¿No era posible acaso que Dante volviese sin más, tras un día de vagar por quién sabe dónde? No, definitivamente ella no se contaminaría con penas ajenas, no se sumaría antes de tiempo, innecesariamente, a las filas de los que esperan ver reaparecer en el cielo extemporáneas estrellas. Se levantó y comenzó a caminar hacia el médano. Después de todo, a la tarde no le quedaba más de una hora, a lo sumo, hasta empezar a confundirse con la noche, barruntó. Saludó con su mano derecha a Ian, lento, lejano aún, y sobreactuó su prisa para evitar tener que comparecer ante su solicitud.

Ahora observaba desde unos treinta metros a Ricardo, barriendo la empecinada arena de la vereda, mientras volvía a preguntar a Sanguinetti por Dante: “No lo he visto todavía señora, ¿quiere que le diga a Rita que saque el auto y la lleve a dar una recorrida a ver si tienen suerte?” Nunca había sido tan descortés. Hizo un gesto disuasorio a su vecino, sin hablarle. Rita Negroni de Sanguinetti y ella, mantenían aún chispeante la lumbre de un antagonismo de décadas, desde que el joven e impulsivo Osvaldo M. renunció a la mística declinante de Caballito y llegó a la zona en busca de una utopía de aguas infinitas, bosques arcanos y brisa del este; Sanguinetti y casi todos en el pueblo lo sabían. Volvió a mirar, inanimada, a su empleando barriendo, en lo que ella había comenzado a juzgar desde hacía un tiempo la más evidente y poco sutil argucia de Ricardo para justificar su estadía en un lugar que evidentemente no requería de su presencia, más de dos, tres horas a la semana. Siempre arreglándoselas para enfilar por lo llano. Tres años más hasta cumplir la edad de jubilarse, pensó. Lo hacía varias veces al día. Se miraron, desde esos treinta metros, y de dicho acto ella conjeturó la mala noticia de que Dante no estaba en casa. ¿Cómo soportar ahora, si Dante no volviese, los comentarios de Ricardo, tan proclive él a evocar a muertos y desaparecidos en sus estúpidas remembranzas? Lo hacía permanentemente con la hija de Ian, de hecho, era el principal admirador y escucha del neozelandés en el pueblo; lo hacía de manera enfadosa con el recuerdo de Osvaldo, echando mano a un libreto que podía replicarse mentalmente al unísono, de tan remanido, como los diálogos de esas películas que ella amaba rever.

Volvió a caminar por la calle de arena, hacia el médano que había sorteado hacía unos minutos. Especuló con que entre Ian y ella, seguramente existía ya una prudente distancia. La noche, sin moratoria, le iba ganando la pulseada a la luz, y mientras pensaba que le quedaban pocos instantes de claridad para planificar una nueva vida, vio al gringo, errante junto a tres perros, apareciendo en la cima del médano, caminando hacia donde el cielo retenía la porción más resistente de la tarde.                               

domingo, 27 de noviembre de 2016

La Mort de Louis XIV, de Albert Serra, en el marco del 31º Festival Internacional de Cine de Mar del Plata



L'enfant terrible apela al icónico Jean-Pierre Léaud para encarnar al Rey Sol, en un film en que vuelve a trabajar con un mix de actores profesionales y amateurs. Encierro, declinación, recreación pictórica y una narración en tiempo propio enmarcan los últimos días del más célebre de los luises.  

La interpretación cinematográfica de la historia, en tanto mito o "realidad", es uno de los rasgos distintivos de la filmografía de Albert Serra, motejado l'enfant terrible por la prensa de su lares. En Honor de cavallería (2006), adaptación de El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, pudimos ser testigos de esos amables, concisos monólogos con que Don Quijote -en medio de esa soledad que es raramente interrumpida por otros transeúntes- se empeña en inculcar su legado a su fiel escudero. El cant dels ocells (2008) por su parte, siguió a los tres reyes magos en su camino hacia Belén. En Història de la meva mort (2013) vimos a Giacomo Casanova adentrarse en las tierras indómitas del Conde Drácula en su tránsito desde una vida hedonista y voluptuosa, hacia una muerte no menos singular. 

Su último trabajo (proyectado en condición de película "fuera de competición" en la última edición del Festival de Cannes), siguiendo la línea de los tres precedentes que se han mencionado, completa una línea transicional que va desde el vitalismo de los dos primeros films, tomando como bisagra a Història..., hasta la expiración anunciada del Rey Sol, muerto en 1715 a causa de una gangrena. Ahora, los últimos días del monarca, interpretado por el icónico Jean-Pierre Léaud (sí, quien encarnó al Antoine Doinel de Truffaut), son mostrados desde el contexto de encierro en que transcurrieron. De hecho, son contados los escasos momentos en que el paisaje es mostrado, tal vez como necesidad de dar un contrapeso moral a esa reclusión obligada, tal vez como oxigenación visual (poco probable esta inferencia tratándose de Serra) a un espectador agobiado por una lentitud obsesiva, rabiosa, subversiva en tiempos en que la inmediatez parece marcarle el pulso a nuestra cultura y a nuestra vida cotidiana. 

Quedan pocos rasgos de quien fuera, el más mentado de los luises está muriendo, los movimientos son cada vez más esporádicos, el saludo con el sombrero pasa de ser una concesión de ese otrora cuasi-dios a una hilarante caricatura de un vejestorio macilento en las postrimerías de su existencia. Los médicos debaten métodos de curación, académicos y personajes ligados a una medicina primitiva, que va quedando relegada, intentan revertir el declinante cuadro de un anciano que sin embargo, se niega a excusarse de los consuetudinarios reclamos de su investidura: recibir a sus ministros, seguir deslumbrando a sus comedidos acólitos, destrabar fondos para la construcción de un puerto o asistir a la celebración de la misa matinal en Versalles; (un paréntesis para el embaucador interpretado por Vicenç Altaió, quien encarnara a Casanova en Història...; verdadero guiño y paso de comedia, acaso el más explícito de la película). Todo el proceso transcurre registrado en una impronta de duración, cuya única unidad de medida es acotada por una respiración cuyo hálito, como es de esperarse, se vuelve cada vez más esporádico en ese marco rembrandtiano, de sombras de desconcierto iluminadas por candelabros. 

Thierry Lounas (quien produjo Història de la meva mort) vuelve a trabajar con el director catalán co-escribiendo el guión y produciendo; y la dirección de arte de Jonathan Ricquebourg por su parte, logra constituir el entorno tenebrista caravaggiano en el que transcurren los 115 minutos (cinematográficamente hablando) de la agonía del quizás más famoso de los absolutistas de la historia. 

Cierto es que no se puede hablar de este trabajo de Serra sin poner particular foco en la figura de quien protagoniza. ¿Hay un diálogo con cierto cine del cual Léaud es una especie de marca? ¿Hay en la película un retrato del propio actor en tiempos tan lejanos a los años con los que el público lo emparenta? Por lo pronto el director declara haber apelado mucho a la improvisación en el rodaje, rasgo representativo de esa nouvelle en la que descolló Léaud. La segunda pregunta podría contestarla Serra, al interrogante de si tal artificio es otra de sus travesuras, valga lo ligero de la palabra. 

Como en sus predecesoras, La Mort... cuenta con un mix de actores profesionales y amateurs, vale decir que en Honor de cavallería, El cant dels ocells y en Història de la meva mort, los intérpretes no-profesionales fueron mayoría. 

¿Iguala la muerte a los mortales? ¿Humaniza a quienes advierten estar a punto de cruzar el umbral entre lo conocido y sus misteriosos dominios? Intentemos pues, aproximar un paso más a la dilucidación de ese enigma, siendo espectadores de la última diablura de l'enfant terrible, quien se basó en las memorias del duque se Saint-Simon y en las del marqués de Dangeau para hacer una reconstrucción de los últimos días de Luis el Grande, agonía que transcurrió entre el 9 de agosto y el 1 de septiembre de 1715. 



domingo, 20 de noviembre de 2016

Personal Shopper, de Olivier Assayas, en el marco del 31º Festival Internacional de Cine de Mar del Plata



En la última entrega del director de Irma Vep y Clean, Kristen Stewart da pruebas cabales de bancarse un grado de exposición actoral admirable, interpretando a una médium que debe lidiar por un lado con un mundo materialista, ligado a la imagen, y por otro, con un orbe poblado por titubeantes fantasmas.     

Ayer, en la apertura del ciclo "Charlas con Maestros" de esta edición del Festival, Olivier Assayas se declaró un dialogador permanente con las distintas disciplinas artísticas. Su última entrega no es una excepción a este patrón. En este caso, la literatura, de la mano del espiritista Victor Hugo, y la pintura, de parte de Hilma af Klint, se incorporan de manera adyacente a la trama de Personal Shopper. Maureen (Kristen Stewart) es la asistente personal de una modelo de alta costura que lleva una vida laboral itinerante por los más exclusivos centros de moda. Instalada en París, lejos de su novio trabajando en un emirato, la vida de Maureen discurre entre su trabajo y el intento de contactar con Lewis, su fallecido hermano mellizo, muerto a causa de una malformación cardíaca que ella también padece. Sería inexacto clasificar a este segundo film en que Stewart trabaja con el director y crítico francés (lo hizo previamente protagonizando junto a Juliette Binoche Clouds of Sils Maria en 2014) como una historia netamente de terror o un thriller, ya que aquí la exploración de esa esfera de lo intuido, del más allá, o lo metafísico, como quiera llamársele, muestra a un personaje lidiando en simultáneo con lo externo, así como con sus propios fantasmas personales. Para Maureen, el construir un vínculo certero con esa realidad (externa o interna), acaso sea un escape de su monotonía cotidiana, ensombrecida por la figura dominante de su empleadora, tanto como una esperanza ante la idea de finitud inminente que le plantea su enfermedad; es ahí donde se manifiesta el verdadero horror del que quiere escapar la protagonista. Stewart vuelve a dar muestras sobradas de bancarse ese grado de exposición física al que Assayas la expone en Clouds...: declaró el director de Irma Vep (1996), Clean (2004) y uno de los cortos de la hermosa Paris, je t'aime (2006), haber visto sus trabajos como actiz secundaria en Into the Wild, de Sean Penn y en On the Road, del realizador brasileño Walter Salles, y advertido ese plus actoral que quizás, dentro de los milimétricos cánones del cine industrial, encontraría mucho más obstáculos para soltarse y dar todo lo que puede verse en la historia de esta "compradora personal" lidiando con ese "más allá de lo esperable". La casi ausencia de música (si bien no niega el valor incuestionable de la música en el cine, el director se encuentra en una guerra declarada a lo que considera una invasión del indie rock y el folk alternativo "cool") y la perceptible improvisación sobre la marcha del rodaje, dan cuenta de hasta qué punto Assayas continúa siendo fiel a la Nouvelle vague, movimiento que según su opinión, sigue influenciando fuertemente a algunos cineastas de nuestro tiempo. Personal Shopper le valió a su realizador y guionista la "Palma de Oro" a mejor dirección en el pasado Festival de Cannes


      

Fritz Lang, de Gordian Maugg, en el marco del 31º Festival Internacional de Cine de Mar del Plata



Fritz Lang no es un biopic que abarca toda la vida del director de Metrópolis. El film de Gordian Maugg (Der olympische Sommer, Hans Warns-Mi Siglo XX, Zeppelin!) se centra en el momento del paso del cine mudo al sonoro a principios de la década de los treinta en una Alemania en plena consolidación del nazismo (admirador y posteriormente enemigo de Lang), tanto como en los cruentos asesinatos protagonizados por Peter Kürten en 1929 que inspiraron M, el vampiro de Düseldorf (1931). Si bien no estamos ante un documental, la frontera entre ese género y el de la ficción inspirada en hechos reales, es atravesada constantemente con bastante eficacia en la película protagonizada por Heino Ferch, valiéndose su director de documentos fílmicos de la época, que son interpuestos con el el objetivo tal vez de predisponer al espectador a los parámetros visuales documentalistas de entonces. Los flashbacks, que retrotraen a los años en que Lang participó como voluntario del ejército austrohúngaro en la Primera Guerra Mundial, explican hasta qué punto ese momento de su pasado y su matrimonio con Lisa Rosenthal (se cita solamente esto con intención de no dar excesivos detalles de la trama), incubó las semillas que eclosionaron más de una década después, haciendo que el protagonismo colectivo, claramente comprobable en Die Nibelungen: Kriemhilds Rache (1924) o en Metrópolis (1927), se direccionase a una preocupación por un protagonista individual. La relación con Thea von Harbou, su entonces segunda esposa y guionista de varias de sus películas -de quien se separaría posteriormente dada la adhesión de ella al Tercer Reich-, aparece como determinante en ilación con ese oscuro pasado, que reflotado por las circunstancias, hace despertar en Lang tanto interés por el asesino serial que fue ejecutado a poco de estrenarse M. Por otra parte, ese clima de policial negro que sobrevuela la historia de manera explícita, anticipa la etapa del film noir norteamericano del cual Lang, tras cruzar el charco, fue un notorio exponente.



domingo, 2 de octubre de 2016

Julia Holter en Mar del Plata


Vaya esta entrada, dirigida particularmente a los lectores marplatenses del blog (declarados y secretos), pretendiendo sumar un humilde canal de difusión de la presentación de Julia Holter en el teatro "Enrique Carreras" el próximo jueves 6, junto a la banda Altocamet y a Sol Stietz. Julia Holter es una cantante, multiinstrumentista y compositora verdaderamente excepcional y de un ingenio e inspiración compositivos fuera de serie. Nacida en California en 1984, se formó y graduó en el "CalArts" de Los Ángeles, fundado por Walt Disney. Su discografía -que discurre entre el pop/rock experimental, lo electrónico y el avant-garde- consta de cuatro discos: Tragedy (2011), obra conceptual inspirada en la Hipólito de Eurípides; Ekstasis (2012), álbum que hace particular hincapié en sus ciertamente exquisitos arreglos vocales; Loud City Song (2013), donde se advierten una orquestación claramente más expansiva y una simbología sonora más centrada en la urbanidad, a la vez que el delineamiento de algunos tracks (léase algunos) en un formato más canción; y su último y más accesible trabajo (popularmente hablando) Have You in My Wilderness (2015). Oportunidad de escuchar muy buena música la de este jueves a las 20 hs. en el "Enrique Carreras". Julia estará acompañada por un ensamble conformado por Dina Maccabee en cuerdas y coros, Devin Hoff en contrabajo y Corey Fogel en batería. No se lo pierdan.




      

domingo, 4 de septiembre de 2016

Nick Cave & The Bad Seeds: Jesus Alone


Se comparte el video oficial del tema Jesus Alone, adelanto y primer track de Skeleton Tree, decimosexto álbum de estudio de Nick Cave & The Bad Seeds que se edita el próximo 9 de septiembre. El video es un fragmento del documental sobre la banda One More Time With Feeling (clickear para ver el tráiler), film en blanco y negro en el que el director neozelandés Andrew Dominik vuelve a trabajar con Nick Cave y Warren Ellis y cuyas versiones en 2 D y 3 D se proyectarán el próximo jueves (un día antes de la salida del disco) en aproximadamente 700 salas alrededor del mundo.